Desde las primeras horas del domingo, la periodista Carmen Aristegui anunció que por la noche, luego de la clausura de la Olimpiada en Río de Janeiro, difundiría información relacionada con la tesis de licenciatura del Presidente Enrique Peña Nieto.

Lo hizo a través de un video en el que remarcaba, una y otra vez, la baja aprobación pública de la gestión del Presidente por parte de los ciudadanos, y prometía información que, para ella, era brutalmente reveladora de la personalidad del Presidente.

Había, desde luego, una intención clara: continuar el pleito personal que tiene la periodista con el gobierno federal, que se acendró por su salida de MVS pero que tiene como fondo el financiamiento del magnate Carlos Slim (que ha perdido más del 30 por ciento de su fortuna gracias a la reforma en telecomunicaciones impulsada por Peña Nieto) a su proyecto periodístico, y la lealtad política que Aristegui le guarda a Andrés Manuel López Obrador.

Así, por la noche presentó una pieza periodística que era pólvora mojada. “Peña Nieto, de plagiador a Presidente”, mostró una faceta ciertamente cuestionable del hoy Presidente, pero más común en México de lo que podemos imaginar.

Según Aristegui, en su tesis de licenciatura, Peña Nieto omitió citar diversos párrafos de varios autores en los que basó su investigación sobre el sistema político mexicano en los tiempos del Presidente Álvaro Obregón.

Con un rigorismo propio del linchamiento, los cuestionamientos del reportaje, y las acotaciones de Aristegui, iban encaminadas en contra de la persona y no de la información. Es decir, que los errores en la tesis servían para demostrar la corrupción en la persona. Un silogismo tan erróneo como falaz que lo que buscaba era el denuesto y no la comprobación per se de un documento periodístico.

Ciertamente, Aristegui invirtió tiempo e investigación para su reportaje. Pero el eco que esperaba de su legión no fue tal, cuando las redes sociales explotaron por la decepción que generó el documento, y por el afán de utilizar nuevamente al periodismo como un arma de linchamiento en una vendetta personal.

“Las montañas iban a dar a luz algo terrible y todo el mundo estaba asustado. Pero lo único que parieron fue un insignificante ratón. La gente se decepcionó en redes sociales. El hashtag más mencionado fue el de #Nomamar, porque la verdad de las cosas es que la revelación de Aristegui quedó en pura vacilada”, escribió horas después el periodista Federico Arreola en el portal SDP Noticias.

“Si acaso, como mencionaron nunerosos tuiteros, lo único que demuestra Carmen Aristegui es que EPN leyó mucho más de tres libros para hacer su tesis de licenciatura. Ojalá la respetada señora Aristegui se olvide de sus obsesiones contra Peña Nieto y vuelva ya a la seriedad periodística”, remataba.

Ante comentarios como éste, vino el intento de linchamiento.

Legiones enteras se fueron encima de todo el que opinaba en contra del reportaje, sin detenerse en un aspecto fundamental:

Tal ejercicio debería ser tan básico en todos los políticos mexicanos, como su declaración patrimonial o la de intereses, ahora tan en boga.

Por eso, más bien las redes sociales se volcaron a exigir seriedad en la información periodística, y a reprochar el fraude (ese sí) que era la promesa del “bombazo informativo” de Aristegui, que sólo demuestra a qué nivel ha llegado su afán de venganza contra Peña Nieto.

En el fondo, y como siempre, hay que seguir la ruta del dinero. La periodista sigue sin tocar, ni con el pétalo de una nota, a su magnate financiador de las compañías telefónicas mexicanas, ni a su líder político que ni siquiera cuenta con título universitario y sobre el que existen pruebas de que reprobó más de veinte materias en la carrera trunca que estudió, y que nunca regresó a concluir.

Así, ¿cómo cuestionar cuando no hay equilibrio ni congruencia informativa?

Álvaro Mayoral / Letra Digital