No le importó dar un salto al vacío.

Tampoco consideró que su credibilidad estaba en juego.

La noche del 3 de marzo, el periodista Joaquín López Dóriga se lanzó con todo en contra de José Murat, a través de sus redes sociales.

¿La razón?

El enojo que le provocó la forma en cómo Murat se refirió a él, en una conversación privada.

Sí: paradójicamente la columna en Milenio de López Dóriga se llama “En privado”, y fue en ese espacio, se supone que de la intimidad, en el que Murat se refirió a él.

La grabación, ilegalmente obtenida, fue realizada en diciembre de 2015, y reseñaba una plática entre Murat y Carlos Velasco. Comentaban la primera entrevista que López Dóriga que hizo a Alejandro Murat ya como candidato del PRI a la gubernatura de Oaxaca.

Y sí. Murat se refirió a él con evidente enojo por la insistencia del periodista de sacar al tema a Ulises Ruiz. Y también lo insultó. Pero en privado. Igual que como lo pudiera hacer cualquier persona cuando conversa en confianza.

Eso lo tomó López Dóriga como un agravio. Y desde entonces no lo soltó.

Hace diez días, cuando se supo que Murat buscaría la dirigencia nacional de la CNOP, López-Dóriga revivió su enojo.

Y en su columna de Milenio, lo acusó de ser mentiroso, mal gobernante, aliado de la CNTE; y también de ser corresponsable del asesinato de Luis Donaldo Colosio. Señalamientos similares hizo en su noticiario de Radio Fórmula.

Esos señalamientos quedaban en el subjetivo campo opinativo, aunque López Dóriga ya había decidido andar en terreno pedregoso.

pantalla1La cúspide fue el viernes, cuando acusó directamente a Murat, en sus cuentas certificadas de Twitter y Facebook, de ser homicida y pederasta.

Lo hizo sin pruebas y sin argumentos. Lo hizo por rencor.

Quizá no vio que en el camino, él se revelaba mucho más que su acusado.

Sí: se revelaba como un irresponsable e iracundo, que cuando se enoja acusa sin reparos.

Todo eso, a pesar de que se asume como un periodista reconocido, al que mucha gente le cree (aunque después de episodios como éstos, cada vez serán menos). Eso, lejos de ser para él un beneficio, resulta más una responsabilidad que, hoy sabemos, le sigue quedando demasiado grande.

Por eso, es claro que en ese momento no le importó su público; no le importó su credibilidad; no le importó la ética básica que debe regir al periodismo; no le importó autosabotearse; e incluso, no le importó quedar como un estandarte del “fake news”, que él mismo dice que le hace mucho daño al periodismo.

Aunque al final, como no tenía pruebas, ni razón (y ya tampoco credibilidad), tuvo que retractarse.

Sí, lo hizo de forma lacónica y breve.

Con la cola entre las patas, dirían por ahí.

Lo hizo, después de exhibirse él y no a Murat, como pensó inicialmente.

Lo hizo cuando se vio perdido entre una mentira y un disparate.

Y lo hizo, quizá, para calmar a Murat, pero no a su público. A éste último, queda claro, lo desprecia y lo utiliza. Aunque quién sabe por cuánto tiempo más.

En el fondo, queda claro que con estas conductas, el peor enemigo de Joaquín, se apellida López Dóriga.

Álvaro Mayoral / Letra Digital